Última rima

Juana Borrero

Yo he soñado en mis lúgubres noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
con un beso de amor imposible
sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansias.

Yo no quiero el deleite que enerva,
el deleite jadeante que abrasa,
y me causan hastío infinito
los labios sensuales que besan y manchan.

¡Oh, mi amado!, ¡mi amado imposible!
Mi novio soñado de dulce mirada,
cuando tú con tus labios me beses
bésame sin fuego, sin fiebre y sin ansias.

Dame el beso soñado en mis noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
que me deje una estrella en los labios
y un tenue perfume de nardo en el alma.

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6 Comentarios

  1. Hola, hay alguna forma de encontrar algún análisis hecho y critica a este poema de Juana Borrero? si pudiera, fuera tan amable de enviarlo a mis correos electrónicos por favor. Muy agradecida.

    • Ahora bien, al volvernos a “Última rima” notamos, en cambio, que en este
      poema el deseo toma el camino contrario: en lugar de la arremetida de
      “Apolo”, propone una fuga: “cuando tú con tus labios me beses”, concluye el
      primer terceto, “bésame sin fuego, sin fiebre y sin ansias” (énfasis nuestro). Y
      no obstante, tanto en “Apolo” como en “Última rima” se trata de lo mismo:
      de la fascinación del obstáculo. En efecto, al “pecho inmóvil” y a la “belleza
      indiferente” de Apolo, le sigue ahora la desesperación del apóstrofe: “Oh, mi
      amado! mi amado imposible”. No se trata sólo de la imposibilidad real de
      Carlos Pío – quien se encontraba en Cuba – ni tampoco de la muerte inminente
      de Juana, sino de lo imposible y “antinatural” de ese deseo. ¿Cómo, nos
      preguntamos, podría besar un novio “sin fuego, sin fiebre y sin ansias”? Y si
      lo intentara, ¿no lo arrastraría este beso a un cuarto de espejos en el que su
      deseo se confundiría con el del padre de Juana, con el de sus hermanas? ¿A
      cuántas resonancias y confusiones eróticas daría lugar ese deseo? Entre ambos
      poemas se producen zonas de fricción en las cuales lo que se disputa en
      última instancia es el cuerpo. Cuerpo cuyo espesor último reside en su lejanía,
      en su imposibilidad, o en su continuo desenfoque. Quizá ésta sea la razón
      por la que el deseo deba trasmutarse en literatura, en poesía: la escritura
      como extensión de lo imposible, y como modo de exorcizarlo. Sólo en la escritura
      poética el mármol puede ser animado, a cambio – claro está – de trocarlo
      en letra muerta, (des)encarnada.
      Hasta ahora, sólo unos pocos especialistas y lectores han podido acercarse
      a esa provocación que fue, que es Juana Borrero.

    • En mi opinión personal pienso que debemos recordar que es una discípula del modernistra Casal y que está muy marcada en la etapa del romanticismo tardío, moldeada por su familia de poetas y educada por su padre, impone su amor a Carlos Pío de la manera que ella mejor supo, incluso le dijo o tu Patria o Juana, yo pienso que quiso despedirse lo más virginal posible hacia Carlos.
      Este otro análisis de Judith Moris me parece más cercano a la realidad de Juana en sus últimas horas

      Por otra parte, los límites de la “clausura” corporal se marcan en infinidad de despedidas epistolares donde sobran alusiones a besos castos en la frente, los ojos, las mejillas, las manos, pero nunca en los labios. Ese deseo de castidad y de renuncia al beso apasionado se convierte a un tiempo en testamento y epitafio en el conocido poema “Última rima”, dictado a su hermana Elena en el umbral de la muerte. Sin embargo, en medio de esa retórica de las castidades acaban filtrándose los apetitos carnales. A Juana Borrero el lenguaje la traiciona una y otra vez, pues muchas de las formulaciones en las que aparece involucrado el cuerpo a lo largo del epistolario dan clara fe de esa tensión interna entre el anhelo de pureza —autoimpuesto— y el arrebato erótico que la lanza al centro mismo de las pasiones sensuales: “Hubiera querido arrojarme a tu cuello y besarte la frente y las manos” (1967: 9); “Te estrecharía hasta sofocarte te acariciaría tierna y castamente” (1967: 13); “Nunca como esta noche he sentido la
      sed devoradora de tu ternura” (1997:26)6; “Te beso con pasión, con salvaje ternura. ¡Bésame A Mí!” (1997: 29); “Siento un anhelo inmenso de arrojarme en tus brazos porque anhelo escuchar el latido de tu corazón” (1997:30); “Quisiera poder besarte con delirante pasión, con anhelo infinito de posesionarme de tu alma” (1997: 26) [Todas las cursivas son mías]. Aunque las frases destacadas evidencian una pasión erótica, Borrero nos confunde cuando esa retórica verbal la pone en función de lo que podemos llamar actos castos: besos en la frente y en las manos; posesión del alma; caricias tiernas; latidos del corazón y ansias de ternura. La escritora pone erotismo en el lenguaje, pero al mismo tiempo pugna por mantener una corrección. lingüística que no la saque de su proyectada castidad.
      Juana Borrero “se construye” casta a fuerza de repetírselo a sí misma y de repetirle a Carlos que él también “es puro”. Sin embargo, tal postura se revela máscara, una Juana Borrero travestida que muy a menudo apunta a una fogosidad reprimida. La duda en torno a esa “pureza” nos llega de sus
      eternas contradicciones, de las fisuras del lenguaje, de esa violencia lingüística de fondo que no es más que eros pugnando con thanatos. La duda sobre la “virgen triste” nace, en fin, del impulso que la llevó a delatarse una vez más, al afirmar en una de sus cartas: “yo sé ser santa y sé ser pantera”, digna continuación de aquel “soy como consiga que me imaginéis” que Gertrudis Gómez de Avellaneda había inmortalizado.

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